El auge del interés por el bienestar de nuestros compañeros de vida ha traído consigo una proliferación de términos profesionales en el espacio público: educadores, adiestradores, etólogos veterinarios y etólogos no veterinarios. Sin embargo, la falta de una regulación legal clara en nuestro país ha transformado un ecosistema que debería ser colaborativo en un territorio de confusión para las familias y de tensiones injustificadas entre profesionales. ¿Cómo identificar quién es quién cuando las fronteras parecen desdibujarse?

Adentrarse hoy en el mundo del comportamiento animal requiere, antes que nada, rigor conceptual. Para el público general, buscar ayuda para un perro que sufre de ansiedad por separación o un gato con problemas de agresividad puede convertirse en un laberinto de siglas y títulos. Esta confusión no es casual; es el resultado directo de un vacío legislativo que permite que coexistan formaciones universitarias de altísimo nivel con cursos de fines de semana y, lo que es más preocupante, dinámicas gremiales que priorizan el monopolio de un sector sobre el rigor científico y el bienestar real del animal.

¿Es la etología una rama exclusiva de la medicina, o es, por definición, la ciencia transdisciplinar que estudia el comportamiento?

Para responder a esto es interesante trazar una analogía con la salud humana. Comparto mi punto de vista y experiencia de licenciada en psicología pero también hay perspectivas de otros compañeros (biólogos, médicos…) muy interesantes y enriquecedoras. Hoy no se suele confundir el rol de un psiquiatra con el de un psicólogo clínico; ambos son indispensables, complementarios y respetados en sus respectivas parcelas de conocimiento. Para llegar a este punto también tuvimos que luchar contra el monopolio de los psiquiatras para que la psicología fuera reconocida en el ámbito de la salud. Traslademos este mapa conceptual al ámbito animal para arrojar luz sobre las tres grandes figuras actuales.

1. El Etólogo Veterinario: La analogía del psiquiatra

El etólogo veterinario es, ante todo, un graduado en Medicina Veterinaria que posteriormente se ha especializado en el comportamiento de las especies. Su papel es fundamental en un área concreta: la prescripción de fármacos, de manera exclusiva por competencias legales.

Al igual que ocurre en la medicina humana, el psiquiatra es el facultativo habilitado para medicar. Desde la asertividad y el respeto mutuo, defendemos firmemente este derecho y este límite: la prescripción química pertenece al ámbito veterinario. Sin embargo, en los últimos años hemos asistido a un fenómeno preocupante en congresos y foros nacionales, donde ciertos sectores de este colectivo han instrumentalizado el concepto de «intrusismo», llegando a judicializar de forma estéril la práctica de compañeros no veterinarios con máster universitarios. Paradójicamente, mientras se señala con el dedo a científicos con décadas de trayectoria académica y práctica, el sector olvida regular de forma interna que cualquier graduado en veterinaria pueda ejercer la especialidad sin disponer, en ocasiones, de un máster oficial o de formación de posgrado universitaria específica en comportamiento.

Por otro lado, es de agradecer a la ciencia veterinaria que haya avanzado de forma notable en los últimos años con diversas investigaciones, así como a los etólogos veterinarios que prefieren colaborar, no competir, con otros compañeros en un trabajo multidisciplinar para conseguir resultados más eficaces en el bienestar animal.

2. El Etólogo no Veterinario: La perspectiva del psicólogo clínico y el científico

¿Qué ocurre cuando la etología se aborda desde la Psicología o la Biología? Aquí encontramos al etólogo no veterinario. En el caso de profesionales que provenimos de la Licenciatura en Psicología, con posgrados universitarios, nos encontramos ante el equivalente del psicólogo sanitario humano. La psicología es, por definición, la ciencia que estudia los procesos mentales, el aprendizaje, la conducta y las emociones; adaptar estas herramientas conceptuales a otra especie no cambia la naturaleza de la disciplina, solo cambia el sujeto de estudio.

El etólogo que proviene de la biología, la psicología u otras ramas va a aportar, desde su formación, un enfoque único e interesante; esto hará que cada tutor encuentre algo específico que le resuene y lo lleve a elegirlo. Asimismo, es un derecho que cada persona pueda elegir libremente al especialista con el que experimente una mayor afinidad.

¿Exige la psicología humana que un paciente pase obligatoriamente por el psiquiatra antes de iniciar una terapia de modificación de conducta? ¿Por qué se pretende imponer este criterio de subordinación en el ámbito animal?

En la salud humana, el psicólogo previene, evalúa, diagnostica trastornos conductuales y emocionales, y diseña planes de terapia de forma autónoma. Si detecta una posible causa orgánica o la necesidad de soporte químico, deriva al psiquiatra. Esta relación es de colaboración bidireccional, no de sumisión. Los etólogos no veterinarios con sólida formación académica evalúan e intervienen con total solvencia en la modificación de conductas complejas (fobias, conductas agresivas, gestión emocional…) utilizando la ciencia del aprendizaje y la psicología comparada.

Lamentablemente, el clima de respeto y sinergia que imperaba a principios de los años 2000 se ha visto enturbiado por corrientes competitivas que pretenden negar la capacidad de evaluación a los profesionales de la psicología y la biología, ignorando que las competencias de evaluación conductual están incluso reconocidas en normativas oficiales del Estado (como el BOE) para figuras técnicas como los educadores. Los tribunales, de manera sistemática, han desestimado las denuncias por intrusismo contra etólogos no veterinarios dotados de títulos universitarios superiores, validando una realidad obvia: la ciencia y el conocimiento no son propiedad de un solo gremio.

3. El Educador Animal: La analogía del profesor

En la base de este ecosistema se encuentra la figura del educador animal, un término que ha venido a sustituir de forma más amable y técnica al antiguo concepto de «adiestrador» (asociado históricamente a metodologías más rígidas y mecánicas). Si el etólogo veterinario es el psiquiatra y el etólogo psicólogo es el terapeuta, el educador es el profesor, bajo mi perspectiva.

Su función principal radica en la pedagogía: enseñar al animal habilidades de convivencia, pautas de manejo urbano, educación básica y guiar a las familias en el día a día para prevenir problemas. El conflicto actual surge cuando, debido de nuevo a la falta de ordenación académica, las líneas entre la educación convencional y el tratamiento de patologías graves del comportamiento se difuminan. Existen educadores excelentes que se forman continuamente y de los que hemos aprendido enormemente pero sería necesario que cada profesional tenga reguladas sus funciones.

Es de justicia reconocer la labor de los educadores, precursores de este conocimiento, con quienes nos hemos formado y continuamos haciéndolo en un entorno de absoluto respeto y colaboración mutua.

Desmontando falacias lógicas: El error de la «modificación de conducta»

Es común escuchar en ciertos círculos un argumento tan simplista como erróneo: “Como históricamente los veterinarios diagnosticaban y pedían a un educador que aplicara la modificación de conducta, si tú aplicas modificación de conducta, eres un educador”.

Este razonamiento constituye una falacia de manual. Sería equivalente a afirmar que si un ingeniero civil utiliza herramientas manuales para ajustar un modelo hidráulico, automáticamente se convierte en fontanero. El valor de un profesional no reside únicamente en la acción física que ejecuta, sino en el criterio científico, la evaluación conductual y el profundo conocimiento de los procesos que sustentan dicha acción. Un especialista en comportamiento que aplica conocimientos avanzados de modificación de conducta en un animal no está ejerciendo como educador; está aplicando la ciencia del comportamiento al más alto nivel. ¿Es adecuado reducir una disciplina científica a la etiqueta de «educador» por el simple hecho de trabajar en el campo con el animal?.

¿Hacia dónde debemos caminar? La necesidad de una regulación basada en el rigor universitario

El camino a seguir no debe ser el del conflicto judicial ni el del desprestigio mutuo ni perjudicar al otro. La asertividad profesional nos obliga a defender con firmeza nuestros derechos y capacidades académicas, pero también a reconocer y respetar los límites de los demás. El verdadero progreso del sector pasa por una regulación oficial dictada por las administraciones públicas que tome como baremo los planes de estudio de las universidades públicas y los títulos oficiales de posgrado (Máster), y no los intereses económicos de colegios profesionales o corporaciones privadas.

Para las familias que buscan ayuda para sus animales, el mensaje es de tranquilidad y exigencia: miren más allá de las etiquetas comerciales. Pregunten por la titulación universitaria de base, la especialización real y los años de experiencia en el sector. El bienestar de su perro o gato merece un enfoque multidisciplinar donde la medicina, la etología y la educación colaboren de la mano, con madurez, ética y respeto mutuo. Solo así dejaremos atrás las guerras de nicho para centrarnos en lo que verdaderamente importa: los animales.

El presente artículo propone una reflexión donde, partiendo del reconocimiento de los límites de mi propia formación y experiencia, se defienden la ética, el respeto, la asertividad y la cooperación multidisciplinar en pro del bienestar animal. Escuchar y aprender las perspectivas de la biología, la veterinaria, la medicina, la psicología, la educación y otras ciencias permite flexibilizar los conocimientos y conseguir una visión más amplia del campo para potenciar el bienestar animal. Al fin y al cabo, ¿acaso no valora y aporta cada profesional beneficios insustituibles al animal con problemas de comportamiento desde su propia área de especialización?

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